jueves, 19 de septiembre de 2019

Saturados de esnobismo político


Iniciamos el nuevo curso escolar sin Gobierno desde las pasadas elecciones de abril y con la convocatoria de otras elecciones generales en noviembre. Han sido finalmente la demoscopia y la estrategia solipsista de los partidos quienes han decidido por encima del interés general. La vida política sigue su curso, en paralelo con la de la gente a la que pretende servir, jugando su particular partida por el poder en un ejercicio de irresponsabilidad y narcisismo impúdico, eso sí, consiguiendo la primera plana informativa todos los días.

Parece que los líderes “estrellita” de los partidos quieren principalmente eso, que los veamos, que les prestemos atención, que estemos pendientes de ellos y de sus ocurrencias porque esa es su principal razón de ser, acaparar protagonismo. No ha habido al final pacto de izquierdas. Tampoco acuerdo con los partidos constitucionalistas. Lo que sí sabemos es que no habrá novedad alguna en la formación del Gobierno que sea porque todo huele a rancio y a requetesabido. A fuerza de oír siempre lo mismo, todos los discursos se vuelven vacíos e inertes. Las ideas, a fuerza de repetirlas, se desgastan. 
            Nuestros políticos juegan a pactar para ganar. Alimentan con sus acciones y sus declaraciones las facciones sociales, la competición entre los intereses legítimos de los españoles y siempre sembrando la desconfianza entre todos para poder justificar una política de buenos y malos donde, mire usted por donde, los malos siempre son los otros. La educación es un termómetro magnífico para tomar la temperatura a la idiocia política.


            El aspirante a presidir el Gobierno de todos los españoles, Pedro Sánchez, se reunió este verano con algunas organizaciones para definir las propuestas que regirán la educación de todos por si conseguía la confianza del Congreso. ¿Caen en la cuenta? Acordamos con unos y luego imponemos a todos los demás. ¿En eso consiste la democracia? ¿En el turno del poder de las ideas antagónicas, de los proyectos políticos enfrentados, de los intereses legítimos divididos y hostiles entre sí? Antes se decía que la política era el arte de lo posible y, sin embargo, en los tiempos que corren, lo que domina es un espectáculo de lucha, de victoria y sumisión. La bronca permanente. 


            No me creo el progreso de los progresistas. No creo porque leo. Y lo escrito, escrito está. Las propuestas educativas del PSOE para seducir a Unidas Podemos en los sucesivos intentos de conformar gobierno coinciden con sus programas electorales milimétricamente, el de los dos partidos, claro. Más Estado con más impuestos, más inflamación de lo público con la excusa de la igualdad y un impulso a todos los nuevos esnobismos de la modernidad que ya cuentan con el consentimiento generalizado de la mayoría a golpe de telediario y teleopinión dirigida. Nuestra cultura es fundamentalmente eso, esnobista. Para que algo sea atractivo, tiene que ser nuevo; si algo es antiguo, aunque funcione, no tiene fuerza de atracción y se deshecha. Chesterton, con su habitual intuición, decía: «Tener una mente abierta es como tener la boca abierta. No es un fin, es un medio. Y el fin es cerrar la boca sobre algo sólido”. 
            Haciendo un esfuerzo adicional de comprensión, detrás de tanta estrategia política y paja propagandística hay concepciones válidas que podrían armonizarse para obtener un mejor resultado, el acuerdo entre diferentes por la convivencia. El papel efectivo y necesario de la escuela pública, progresar en el derecho a la educación con independencia del origen social o los recursos económicos, impedir las discriminaciones, facilitar la elección de centro y poner en positivo la realidad de los conciertos educativos y de la pluralidad escolar, no encorsetar con más leyes por arriba lo que se puede resolver desde abajo, en los centros y con el profesorado… En definitiva, ver el lado bueno de todo y de todos, que existe, para descubrir que somos un bien los unos para los otros y no el enemigo a abatir. Sin medias tintas. Gobernar exige priorizar, y en las prioridades podemos no estar de acuerdo, pero en la alternancia de sensibilidades y enfoques educativos esto no debería significar un inconveniente insalvable. Lo que es impresentable es gobernar para destruir lo que no nos gusta. Gusto que no es nada inocente y espontáneo, pues previamente nos hemos encargado de demonizar en la mente y el corazón de nuestros ciudadanos lo que piensan y quieren sus vecinos.

 


            La derecha, el centro y la izquierda son términos que provienen del lugar que ocupan los diputados en el Congreso. Es una distribución necesaria y positiva en orden al respeto de la pluralidad y de los posicionamientos declarados por los votantes en las urnas. Pero en términos absolutos y excluyentes, los posicionamientos políticos no pueden fraguar en nada sólido que llevarse a la boca para el bien común como afirmaba Chesterton. Y si el bien común existe, el lado por el que se aborde la subida a esa cumbre es indiferente mientras se llegue arriba. 
La próxima campaña electoral marcará nuestro destino colectivo. Si sigue dominando el tono general  de confrontación y de descalificación grosera del rival, después, sin una gran mayoría parlamentaria los pactos serán imposibles. Todos serán rehenes de sus palabras y de la presión de sus seguidores. Es necesario que los partidos reconozcan de una vez que estamos y seguiremos estando en el mismo barco y que es preferible morderse la lengua en la etapa de las promesas y de los análisis para facilitar después, en la etapa de gobierno y del pacto, un realismo constructivo que permita coaliciones razonables para progresar sin dañar a nadie. 
En pocos días comprobaremos si han aprendido la lección o siguen insistiendo en sus prácticas tribales.

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