domingo, 12 de agosto de 2012

Vivir en la incertidumbre

El transcurso de las últimas semanas y de los acontecimientos vividos en nuestro maltrecho escenario nacional, han tenido como resultado el crecimiento de la incertidumbre respecto al futuro en amplias capas de la población. Un futuro que se percibe de manera generalizada como una amenaza, dada la perspectiva tan negativa que trasladan todas las fuentes de información autorizadas sobre nuestra economía.
La tenue esperanza que había prometido el cambio político del 20N se ha ido desvaneciendo con los primeros siete meses de gobierno, para dar paso nuevamente al pesimismo colectivo sobre nuestra lamentable realidad y sobre nuestras escasas y dudosas posibilidades de salir de la crisis a corto o medio plazo. Aunque Rajoy afirme que sabe lo que hace y hacia dónde vamos, su continuo vaivén de compromisos e incumplimientos han vaciado su credibilidad y debilitado su liderazgo, cuando ambas cualidades eran más necesarias que nunca para mantener el pulso anímico del país. La inminencia del segundo rescate hacia nuestra deuda soberana en el próximo otoño, paraliza aún más nuestra capacidad de reacción, ahora sí, a merced de factores y Agentes Exteriores (con mayúsculas), que son los auténticos protagonistas de las últimas decisiones adoptadas por el gobierno (con minúsculas). 


Ahora estamos leyendo con sorpresa parte de la letra pequeña de nuestra incorporación al paraíso del euro, nunca declarada por nuestros gobernantes, ni aquel glorioso año 2001, ni tampoco durante los años posteriores, hasta llegar al batacazo nacional en el que estamos inmersos. Las responsabilidades parecen evidentes y compartidas: de un lado, una gran dosis de incompetencia propia, y del otro, una no menor e interesada incompetencia europea. Ya lo decía el filósofo Max Scheler, el cual sostuvo que sabemos de la existencia de la realidad por su resistencia a nuestro impulso. Está ahí y no nos deja pasar. Así, la necesidad en política es aquello que está ahí, frente a nosotros, que reclama nuestra acción para poder sobrellevarla y superarla. ¿Por qué seguir mintiendo a la población sobre lo que está sucediendo?. ¿Es que nadie tiene el valor y la dignidad suficiente para decir a la gente la verdad y nada más que la verdad sobre lo que nos pasa?¿Qué interés o intereses se están protegiendo? ¿Cómo se puede corregir un problema si no se asume que existe? Zapatero explotó generosamente una nueva dimensión del efecto Alicia en nuestra vida política hasta llevarnos a la ruina. Por supuesto siempre de manera civilizada, organizada y muy democrática. ¿Por qué no despertarnos ya y salir del cuento que permite a algunos seguir jugando a ser reyes y principales a costa de los demás?


La incertidumbre consiste principalmente en que vivimos sin certezas de ningún tipo. Por supuesto, sobre las preguntas esenciales que puedan desviar nuestra atención hacia el inhóspito y a la vez apasionante pantano de los significados, tan indeseable de transitar para los poderes de este mundo y para la conciencia personal y colectiva. Pero donde la gente comienza su despertar es en el descubrimiento de la falacia de las realidades que, a modo de nueva fe, nos prometían hasta ayer un crecimiento económico sostenido, un progreso material seguro e ininterrumpido.  Un  progreso que nos proveería de una calidad de vida mejor, y cuya máxima expresión era la generalización de elementos de confort y lujo popularizados cultural y socialmente, como eran la vivienda propia, -a ser posible unifamiliar y siempre con piscina-, el apartamento en la playa, la última tecnología en vehículos, electrónica, seguros médicos privados, un abundante fondo de armario con la última moda, viajes vacacionales al extranjero, etc. ¿Quién daba más?


Pero jugar en un casino tiene sus riesgos. Y aceptar con placidez y grandes dosis de complicidad la buena suerte en las primeras manos de nuestra ruleta nacional no nos ha eximido del reglamento del juego, y por tanto tampoco de su conclusión más frecuente: La banca siempre gana. Y es que ahora toca perder a la mayoría para ver como se transfiere una parte de su riqueza a una minoría. Eso sí, de manera civilizada, organizada y muy democrática. Porque cualquier tiempo de crisis como la nuestra acaba produciendo grandes fortunas y acarreando el crecimiento de la desigualdad, que es el virus más dañino que ataca a la clase media, la fiel infantería de nuestro modelo económico y social, y a la postre, sostén del aparato político del régimen nacido de la Constitución del 78. Y es que si hablamos de incertidumbre, la más intranquilizadora es la que planea sobre el propio Régimen, en lo que se ha convertido, y sobre su capacidad de sanarse a sí mismo en nuestras actuales condiciones. Pero esto requiere una reflexión aparte.

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