lunes, 19 de marzo de 2012

Huelga General el 29 de marzo. Una confrontación inevitable.



El próximo día 29 de marzo Rajoy se enfrenta a su primera huelga general. Era prácticamente inevitable que los sindicatos respondieran a la reforma laboral promovida por el Gobierno mediante una movilización social dura y contundente. Los contenidos de esta reforma auguraban una extensión de la conflictividad social y de la litigiosidad laboral.


Dejemos claro que esta reforma laboral es, como la posible subida del IVA o la escalada del precio de los carburantes, una imposición de los mercados –los prestamistas de siempre-, y de nuestro entorno. La situación del mercado laboral español, con su alta protección al trabajador, con un exceso de derechos y obligaciones contractuales, era una anomalía con respecto a otros países con la que se quería acabar.
Como siempre, la interpretación que se hace de los acontecimientos es poliédrica, y la batalla que se está librando ahora es sobre todo propagandística. Estar a favor o en contra del Gobierno o de los sindicatos dependerá de la perspectiva que se adopte y de los intereses que se defiendan. Yo quiero expresar simplemente algunas reflexiones que me suscita la situación creada estas últimas semanas.

-¿Cómo que no rema más? ¡¡¡Me extraña, Fernández!!!
¿¿Estamos o no estamos todos en la misma barca??

España está atravesando la Gran Recesión con más pena que gloria, y nos encontramos en un momento particularmente difícil cuyo desenlace determinará nuestro futuro. Nos jugamos mucho en los próximos meses, y hay una idea en la que quiero detenerme.
Aunque nos guste más o menos, somos una sociedad de 46 millones de personas. Obviamente somos también una nación política, lo dice la Constitución en su artículo número dos. Sin embargo no somos, o no nos comportamos, como una nación cultural. La actual desvertebración del país crea una tensión centrífuga que hace muy difícil un liderazgo claro y fuerte que movilice, cohesione y presida una política de Estado, desde una conciencia como pueblo con un destino colectivo, con algo más que intereses comunes sometidos a permanente negociación en los diferentes ámbitos de la vida pública.
Es verdad que, a pesar del ruido informativo, existe un interés general y prioritario: superar la crisis económica y volver a la senda del crecimiento económico y a la creación de empleo. Lo deseable es que el crecimiento sea suficiente y sostenido y el empleo digno y de calidad.
Lamentablemente, una cosa es que se reconozca ese interés general, aunque sea a nivel meramente declarativo, y otra cosa es que después se contribuya real y eficazmente a él por encima de los intereses particulares de los diferentes agentes políticos, económicos y sociales. No parece que tengamos muchas opciones a la hora de elegir el tratamiento y las medidas mas eficaces que debemos adoptar en las actuales circunstancias, pero lo que sí parece evidente es que sin un mínimo de unidad, de compromiso general, de acuerdo, es imposible progresar en ninguna dirección. Y no olvidemos que estamos ante un problema de tal magnitud que exige una respuesta colectiva a la altura de las grandes decisiones de la historia.
La dificultad mayor que padecemos como país es conseguir un acuerdo social y político lo suficientemente amplio para elegir y decidir el camino que tenemos que recorrer para salir del atolladero en el que nos hemos metido nosotros solos, aunque todo hay que decirlo, propiciado por el maremoto financiero internacional. La sociedad reclama que las instituciones y las organizaciones principales del país estén a la altura de los acontecimientos, pero la lógica interna de nuestro sistema nos conduce inevitablemente a una situación de bloqueo permanente, cuando no a la confrontación. No es posible llevar a cabo los cambios estructurales que necesita España si seguimos empeñados en partir el país en dos mitades enfrentadas por sistema cuando tenemos que afrontar las dificultades que afectan a las cuestiones esenciales sobre las que se sustenta nuestra convivencia. La supervivencia del estado del bienestar es una de ellas.
Si realmente aceptamos que estamos en una situación extraordinaria, necesitamos adoptar medidas también extraordinarias. Seguramente también de manera extraordinaria. Pero apelar a lo extraordinario no significa eludir la equidad y la justicia social más elemental. Me refiero a que la gente normal y corriente, que se informa leyendo sus diarios o viendo en sus televisores los telediarios, termina sintiendo miedo sobre todo por la confusión reinante, y acepta sin rechistar la única alternativa. Una única alternativa que siempre viene a ser lo mismo: recortar salarios y derechos sociales. Cuando la economía va bien, diciendo que es para que no vaya mal y, cuando va mal, para que vaya bien.
Estoy convencido de que, en nuestras circunstancias actuales, no es suficiente ganar unas elecciones generales por mayoría absoluta para cancelar el problema que produce el disenso que divide nuestra sociedad, y que dificulta enormemente culminar con éxito el programa de reformas imprescindibles. Los grandes sacrificios que se están exigiendo a la población requieren un consenso nacional mucho más amplio y duradero. La multiplicidad de mensajes contradictorios, la esquizofrenia de las políticas económicas de los últimos años, la corrupción que contamina a las élites sociales y políticas, la insolidaridad y el individualismo más feroz desalientan cualquier esfuerzo colectivo.
Los cambios sociales necesitan siempre fuerza social, el empeño político de la ciudadanía, ideas y voluntad para hacerlos efectivos, decisión y un proyecto capaz de encantar a muchos más de quienes inicialmente lo suscriben y, sobre todo, una visibilización nítida en toda la sociedad de que, desde el que más tiene y puede al que menos,  participa de ese proyecto común.
De momento las fuerzas de la historia que animan los acontecimientos son las habituales de una dialéctica de contrarios, y asistimos resignados al resultado final de una síntesis que deseamos ingenuamente que pueda ser mejor, aunque lo veo improbable en las actuales condiciones. Acción, reacción. Reforma laboral, huelga general.

2 comentarios:

  1. Y, al final, así nos va. Los políticos por un lado y la sociedad, el pueblo, por otro. Mundos paralelos.

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  2. No estoy de acuerdo con esta huelga general. Soy un trabajador, empleado por cuenta ajena, asalariado de una empresa privada, en riesgo de despido y casi mileurista... y sin emabargo entiendo que, con un país en recesión, añadir unos cientos de millones de euros en pérdidas para TODA la economía, por un día sin producir, NO es bueno para nadie. Y sobre todo, los sindicatos convocantes, a los que no estoy afiliado y que no me representan, no tienen autoridad moral cuando han participado por acción y omisión a la situación actual de ruina, durante los más de 5 años anteriores en que el "gobierno?" de ZP no hizo nada y lo que hizo fue empeorarlo todo. Gracias.

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